Giro: crisis europea ya no es lo que era (y Alemania tampoco)

La crisis europea ya no es lo que era. En la tapa de The Economist, la Francia de Hollande es dinamita pura. A la par, Moodys rebaja su calificación AAA. ¿Y dónde está la explosión? No la hay. Alemania ya no milita en el encendido de mechas. La situación europea es más sólida. Entiéndase bien: la eurozona se hunde, la doble recesión que se acaba de anunciar data del tercer trimestre de 2011, y nadie se salvará de su abrazo de oso. La fortaleza reside en que Berlín, esta vez, no desea agitar las aguas.

Si por Angela Merkel fuera, lo que habría que hacer es bajarle la persiana a la crisis hasta octubre de 2013. Hasta asegurar la renovación de su mandato. Para tal fin cuenta con el BCE y la promesa de planchar, vía intervención, las tasas de corto plazo de los países afectados por la desconfianza. ¿Qué pasó con el rescate inminente de España? No le interesa precipitarlo. ¿No es necesario, acaso, para que el BCE concrete las compras de deuda pública? Seguro. Pero el soberano español se financia igual bajo el paraguas del anuncio. Y llevar el asunto al Bundestag para obtener la autorización del salvataje no le apetece a Merkel. ¿Qué pasó con Chipre, ahogada por la falta de fondos? Mejor no preguntar. Pero, piérdase cuidado, sobrevive. Como lo hace Grecia con su odisea del siglo XXI. Todos, con el imprescindible visto bueno de Berlín. El pacto Merkel-Draghi estabilizó a la región. El euro es irreversible. Ni Grecia ni nadie será arrojado por la ventana. El BCE lo hará posible con su financiación, sea explícita u oculta. El Bundesbank se opuso a la iniciativa, pero Merkel hizo valer su peso específico. Sin embargo, el Bundesbank no es el llanero solitario: hostil, la opinión pública alemana lo acompaña. No obstante, mientras el BCE asuma un compromiso que no requiera ejecución, la cuestión es una abstracción. Si las compras de bonos proceden, y peor, si la crisis obliga a multiplicarlas, allí comenzará Merkel a pagar el costo político al contado. Con las elecciones entre ceja y ceja, se comprende por qué el ministro Schauble, tan duro siempre, dijo desde un primer momento que España hizo los deberes y de ninguna manera precisa un rescate.

Grecia no se va. Lo que se discute es cómo contabilizar los sobrecargos que origina su permanencia. El primer lavado de cara ya se realizó: Grecia cumplió, dice por fin el largamente esperado informe de la troika. Excedió las metas de déficit primario y total en los primeros diez meses de 2012 (créase o no, da lo mismo) señalan sus autoridades. El FMI, que es el socio de Europa en todos los emprendimientos de salvataje, llega hasta ahí nomás. La institución aboga por una segunda reestructuración ya que -aun si se cumple el programa acordado a pies juntillas- la situación de endeudamiento no será viable. Como en la primera refinanciación el recorte comprimió las acreencias privadas de manera drástica, ahora toca avanzar sobre las obligaciones en manos de los entes oficiales. Sólo el FMI conservaría sus privilegios: los fondos de rescate europeos y el BCE deberían sufrir una quita de capital. Ésta es la disputa. Ni Merkel ni ningún otro gobernante darán su brazo a torcer. Ya se mencionó la tirria de Merkel a las malas noticias. Ninguna peor que reconocer abiertamente que se perdió dinero en la tarea de rescatar a Atenas. ¿La solución en ciernes? Como mínimo, que no haya quebranto nominal sino una merma de valor actual a través de la disminución de las tasas de interés y el alargamiento de plazos. Merkel preferiría, como anticipó Schauble, que se ensaye una eventual recompra de deuda helénica a descuento, en los mercados secundarios, con fondos europeos, pero a entero beneficio de Grecia. Una quimera, probablemente, pero una manera eficaz de postergar el asunto, por varios meses, con elegancia. La canciller prometió un posible acuerdo para este lunes.

A modo de camaleón, la Europa de los muchos principios muda de pelaje. Merkel está cómoda en el terreno que pisa. Y no querrá salirse de esta nueva senda. En las encuestas, lidera con amplio margen: el 53% de los alemanes quiere retenerla en la cancillería y sólo el 38% se inclina por su competidor socialdemócrata, y exministro de Finanzas cuando comenzó la crisis, Peer Steinbrueck.


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